Elegir bien entre los distintos tipos de lana para tejer condiciona el resultado de una prenda mucho más que la destreza con las agujas. Un mismo patrón tejido en merino, en algodón o en acrílico produce tres prendas completamente distintas: una elástica y cálida, otra pesada y con caída, y otra ligera y resistente a mil lavados. Por eso, antes de comprar el primer ovillo conviene entender dos variables que lo deciden casi todo: de qué fibra está hecho el hilo y qué grosor tiene.
En esta guía verás las fibras más habituales y para qué sirve cada una, los siete grosores estandarizados con su equivalencia en agujas, cómo interpretar la etiqueta de un ovillo sin quedarte a medias, cuánta lana necesitas según el proyecto y los errores de compra que más disgustos dan. Si estás empezando desde cero, te vendrá bien repasar antes cómo tejer con dos agujas desde cero, porque muchas de las decisiones de material dependen de la técnica que vayas a usar.
Qué significa «lana» y por qué la fibra lo cambia todo
En el lenguaje corriente llamamos lana a cualquier hilo con el que se teje, pero técnicamente la lana es solo la fibra que procede del vellón de la oveja. El resto —alpaca, mohair, algodón, acrílico— son otras fibras que compiten en la misma estantería. La distinción no es una pedantería: la fibra determina el calor, la elasticidad, el peso, la caída, cómo se lava y cuánto va a durar la prenda.
Lana de oveja: el estándar contra el que se comparan las demás
La lana de oveja tiene una propiedad que ninguna otra fibra iguala del todo: memoria elástica. El hilo se estira y vuelve a su sitio, así que los puños, los cuellos y los elásticos aguantan la forma temporada tras temporada. Dentro de la categoría hay diferencias notables. La merino es la más fina y suave, apta para llevar sobre la piel y la opción segura si tejes para alguien con piel sensible. Las lanas de razas rústicas tipo shetland pican algo más pero dan una prenda con más cuerpo y muchísima duración; funcionan de maravilla en jerséis de trabajo y en labores de punto de color. Y la lana virgen sin tratar conserva parte de la lanolina, repele el agua y huele a oveja hasta el primer lavado.
Un detalle práctico: busca en la etiqueta la mención al tratamiento superwash. Significa que la fibra ha recibido un acabado que evita que se apelmace en la lavadora. Es cómodo para prendas de bebé y calcetines, pero el hilo pierde algo de memoria y las prendas tienden a crecer con el uso.
Fibras animales de lujo: alpaca, mohair y cachemira
La alpaca abriga muchísimo más que la lana a igual grosor, no pica y tiene un brillo suave muy característico. Su punto débil es la falta de elasticidad: una prenda de alpaca pura cede y se alarga con el peso, por lo que suele mezclarse con lana para compensar. El mohair, procedente de la cabra de angora, aporta ese halo de pelo largo que envuelve el punto; se teje con agujas más gruesas de lo que pediría su grosor real para que el pelo respire. La cachemira es la más suave y la más cara, y conviene reservarla para proyectos pequeños donde se disfrute de verdad: un cuello, unos mitones, una diadema.
Fibras vegetales: algodón, lino y bambú
El algodón es la elección natural para primavera y verano, para trapos de cocina, bolsos y ropa de bebé. Es fresco, lavable y resistente, pero tiene dos particularidades que sorprenden a quien viene de la lana: no tiene elasticidad ninguna y pesa bastante, así que las prendas grandes tienden a descolgarse. Por eso el algodón brilla en ganchillo, donde el tejido es más denso y compacto por naturaleza. Si quieres empezar por ahí, la guía de crochet para principiantes explica qué puntos aprovechan mejor este tipo de hilo.
El lino resulta áspero en el ovillo y se ablanda espectacularmente con cada lavado, hasta quedar con una caída preciosa. El bambú y el algodón mercerizado dan brillo y suavidad, aunque resbalan en las agujas metálicas y conviene tejerlos con agujas de bambú o madera.
Fibras sintéticas y mezclas
El acrílico tiene mala fama inmerecida. Es económico, viene en una gama de colores enorme, no lo atacan las polillas y se lava en lavadora sin drama, lo que lo convierte en la mejor opción para mantas, amigurumis y todo lo que vaya a manos infantiles. A cambio no transpira, hace bolitas con el roce y no se puede bloquear con vapor. Las mezclas son, para la mayoría de proyectos, el mejor de los mundos: una lana con un 20-25 % de poliamida multiplica la resistencia en calcetines, y un merino con acrílico abarata el ovillo sin perder tacto.
Los grosores de lana: del fingering al súper grueso
El grosor es la segunda variable y la que más gente ignora al comprar. No se mide en milímetros, sino por la relación entre metros e hilo y gramos del ovillo: cuantos más metros por cada 100 gramos, más fino es el hilo. Un ovillo de 400 m/100 g es un hilo finísimo; uno de 60 m/100 g es un cordón grueso. Esta es la escala habitual y las agujas que le corresponden:
- Encaje (lace): más de 600 m por 100 g. Agujas de 2 a 3 mm. Para chales y estolas caladas.
- Fingering o calcetín: 350-450 m por 100 g. Agujas de 2,25 a 3,25 mm. Calcetines, chales, prendas finas.
- Sport: 250-350 m por 100 g. Agujas de 3,25 a 3,75 mm. Jerséis ligeros y ropa de bebé.
- DK (doble punto): 200-250 m por 100 g. Agujas de 3,75 a 4,5 mm. El grosor más versátil del mercado.
- Worsted o arán: 150-200 m por 100 g. Agujas de 4,5 a 5,5 mm. Jerséis de invierno, gorros, ochos.
- Bulky: 100-150 m por 100 g. Agujas de 5,5 a 8 mm. Chaquetas gruesas y cuellos.
- Súper bulky: menos de 100 m por 100 g. Agujas de 8 mm en adelante. Mantas y proyectos exprés.
Si estás empezando, el grosor worsted es el más agradecido: los puntos se ven con claridad, se avanza rápido y es sencillo detectar un error antes de haber tejido veinte vueltas encima. El encaje y el fingering, por atractivos que resulten, exigen paciencia y buena vista.
Cómo leer la etiqueta de un ovillo
La banda de papel del ovillo contiene toda la información que necesitas, aunque venga en letra minúscula. Estos son los seis datos que conviene mirar siempre:
- Composición: el porcentaje de cada fibra. Un «100 % merino» y un «50 % merino, 50 % acrílico» se comportan de forma distinta aunque el color sea idéntico.
- Peso y metraje: los gramos del ovillo y los metros que contiene. Es el dato que define el grosor real.
- Muestra o tensión: cuántos puntos y vueltas entran en un cuadrado de 10 x 10 cm con las agujas recomendadas. Sin este dato no puedes sustituir un hilo por otro en un patrón.
- Agujas sugeridas: una horquilla, no una obligación. Puedes bajar un número para un tejido más firme o subirlo para uno más aireado.
- Número de lote o baño de color: el más importante y el que más se pasa por alto. Dos ovillos del mismo color con lotes distintos pueden tener un matiz diferente que solo se nota cuando la prenda está terminada.
- Símbolos de lavado: indican si admite lavadora, a qué temperatura y si se puede planchar o secar en tambor.
Qué lana elegir según el proyecto
Bufandas, cuellos y gorros
Como van pegados al cuello, prioriza la suavidad: merino, alpaca o una mezcla de ambas. Un grosor worsted o bulky permite terminar una bufanda en un par de tardes y perdona la tensión irregular, algo habitual cuando aún estás cogiendo el ritmo.
Jerséis y prendas de vestir
Aquí manda la elasticidad, así que la lana de oveja o una mezcla con al menos un 70 % de lana es la apuesta segura. El grosor DK o worsted da un tejido con cuerpo sin resultar acartonado. Calcula generoso: quedarse sin ovillos a mitad de una manga y no encontrar el mismo lote es el clásico proyecto abandonado en un cajón.
Amigurumi y ganchillo de detalle
El algodón de grosor sport o DK es el rey del amigurumi porque no se deshilacha, mantiene la forma y deja ver los puntos con nitidez, algo esencial cuando trabajas con puntos bajos muy apretados. El acrílico es una alternativa económica y lavable. Puedes ver cómo se aplica en la práctica en la guía de amigurumi para principiantes.
Mantas, cojines y cestas
Para piezas grandes, el criterio es el presupuesto y el lavado: acrílico o mezclas con acrílico en grosor bulky. Si tejes una manta a base de cuadrados, la técnica del granny square te permite ir uniendo módulos sin cargar con el peso de toda la pieza. Para cestas y alfombras, el trapillo es un caso aparte por su grosor extremo.
Cómo calcular cuánta lana necesitas
Si sigues un patrón, la cantidad viene indicada en gramos o en metros; fíate siempre de los metros, porque los gramos varían según la fibra. Si improvisas, estas cifras orientativas en grosor worsted sirven de punto de partida: una bufanda sencilla, 250-350 g; un gorro, 100-150 g; un jersey de adulto, 700-1.000 g; una manta de sofá, 1.500-2.000 g. Compra siempre un ovillo más de la cuenta y del mismo lote: sobrar es un problema menor que faltar.
Y antes de lanzarte, teje una muestra de 15 x 15 cm con las agujas que vayas a usar, lávala y déjala secar. Es media hora de trabajo que te dirá si tu tensión coincide con la del patrón y cómo se comporta la fibra al mojarse. Muchas lanas crecen al lavarse; el algodón, en cambio, suele encoger.
Errores frecuentes al comprar lana
- Comprar por color y no por ficha técnica. El color es lo primero que enamora y lo último que importa para que la prenda funcione.
- Ignorar el lote. Revisa que todos los ovillos del proyecto compartan número de baño antes de pagar.
- Sustituir un hilo por otro del mismo grosor sin tejer muestra. Dos hilos «DK» de fibras distintas pueden dar tensiones muy diferentes.
- Empezar con hilo negro o muy oscuro. Los puntos apenas se distinguen y corregir un error se vuelve una tortura. Deja los tonos oscuros para cuando tengas rodaje.
- Elegir hilos peludos o de fantasía en el primer proyecto. Deshacer una vuelta de mohair es prácticamente imposible.
Cuidados: lavado, bolitas y conservación
La regla general para las fibras animales es lavar a mano en agua templada, sin frotar y sin cambios bruscos de temperatura, que es lo que provoca el afieltrado. Se escurre presionando entre dos toallas, nunca retorciendo, y se seca en horizontal para que la prenda no se deforme por su propio peso. Las bolitas que aparecen con el roce no indican mala calidad: son fibras cortas que se sueltan y se retiran con una maquinilla quitapelusas o una piedra pómez fina.
Para guardar, dobla en lugar de colgar y utiliza cajas o bolsas de tela transpirable con una bolsita de lavanda o cedro. Las polillas atacan las fibras animales, no las sintéticas, así que las prendas de acrílico se pueden guardar sin más precaución. Y si te sobran ovillos, agrúpalos por grosor y no por color: así, cuando busques material para un proyecto concreto, encontrarás enseguida lo que encaja.
Conclusión
Elegir entre los tipos de lana para tejer se reduce a responder tres preguntas por orden: qué necesita el proyecto (calor, caída, lavabilidad), qué fibra cumple ese requisito y qué grosor exige el patrón. La etiqueta del ovillo contiene todas las respuestas si sabes leerla, y una muestra tejida y lavada despeja las dudas que queden. Con ese método, la próxima vez que entres en una mercería o navegues por una tienda de lanas dejarás de elegir por color y empezarás a elegir por criterio, que es exactamente lo que separa una prenda que se usa de una que acaba en el fondo del armario.





